Nací en una isla, donde el mar se tiñe de azules y grises, donde las gaviotas parten su andadura desde rocas volcánicas, emprendiendo el vuelo y observando desde la distancia el mundo a través de sus microscópicos ojos, donde la gente pasea por las calles de asfalto llevándose consigo sus memorias y secretos, donde las historias cobran vida y la magia de la naturaleza te seduce hasta sacudirte las entrañas. Donde las montañas se revelan a través de una mirada flamante y reflexiva y su lado salvaje representa la nobleza y esencia de entonces. Aquí, en ella he podido conectar con ese cosquilleo que se tiene al comenzar con las primeras frases de algo que yo llamo historia, relato, diario, verso, proveniente de lugares remotos y enigmáticos, donde el alma abraza y se ancla a la entrega de ese proceso el que se escribe y se deja ser escrito. 

Empecé a escribir cuando estaba en el instituto, tengo impreso en mi memoria cuando tenía 14 años y en la clase de lengua nos habían marcado un ejercicio que consistía en inventarse una historia. No tenia una idea de cómo empezar. Fue de pronto cuando comencé a fantasear con una pareja, en ellos había amor, pero a la misma vez había separación, era como si dos gotas de agua navegasen en océanos paralelos. La escribí en aquel folio a rayas sin saber si había echo lo correcto o no. Me di cuenta de que yo misma y mis sentimientos del momento daban paso a la creación literaria. Con el tiempo, sentí frustración interna, cierta incertidumbre e impaciencia, muchas preguntas salían a la luz sin yo ser consciente de las respuestas. Terminaba el instituto y aún no tenía una fijación para lo que dedicarme en aquel entonces. Digamos que decidí explorar nuevas formas de crearme la vida y por consiguiente a mí misma, interna y profunda al mismo unísono. Podría decir que fue un impulso mayor que yo, el que me llevo a descubrirme en otros ámbitos y observar el mundo desde otra perspectiva. Más amplia y amable. Más entusiasta y liberadora. Más sólida y agradable. Con el paso de los días disfrutaba de la lectura, y poco a poco, muy lentamente, fui dando tinta a folios en blanco plasmando en ellos, deseos, ausencias, sueños, anhelos, miedos, dudas, amores y desamores, reflexiones, inquietudes, pensamientos, conversaciones, algún que otro poema sin terminar y algunas frases que se me antojaban de improviso frente al mar. Me expresé en un diario sin saber que con ello, me iba a tocar presenciar esa conexión que culmina cuando aprendes que son voces las que guían el paso y que de esas mismas voces nacen los personajes, siendo estos los que te susurran las palabras, y tú como si de una cámara fotográfica se tratara, revelas y te dejas llevar con intensidad, escuchando y catando el fondo que aguarda consigo el ser que en ese intervalo del tiempo ha elegido ser tu musa.